El verano impone un desafío biológico sin precedentes sobre la estructura cutánea. Si bien la calidez estival invita a un estilo de vida más activo y expuesto al aire libre, la radiación ultravioleta (tanto los rayos UVA como los UVB) actúa como un catalizador exógeno del envejecimiento prematuro, un fenómeno clínicamente denominado fotodaño. Durante los meses de mayor insolación, la producción endógena de radicales libres se multiplica de forma exponencial, desatando una cascada oxidativa que degrada las fibras de colágeno y elastina presentes en la matriz extracelular de la dermis. El resultado visible de este proceso es una pérdida acelerada de turgencia, deshidratación profunda y la aparición de hiperpigmentaciones no deseadas.

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